Existen
varias concepciones para la definición de salud, la primera que se aborda es un
concepto de salud que se refiere a un equilibrio inestable del ser humano, de
su organismo biológico y de su cuerpo (entendido este como las representaciones
del mismo), en relación con factores biológicos, medio ambientales,
socioculturales y simbólicos, que permiten a cada ser humano además de crecer,
potenciar sus posibilidades en función de sus propios intereses y de los de la
sociedad en la cual se encuentra inmerso.
Cuando
alguno de esos elementos se modifica todos los otros se alteran para buscar un
nuevo equilibrio del ser humano. Dicho cambio puede ser transitorio, y como
proceso se reinicia en forma intermitente ante hechos fortuitos o fugaces
acaecidos en cualquiera de los factores antes mencionados. Las respuestas
escogidas por el ser humano ante esos estímulos externos o internos son
múltiples y variadas de acuerdo a sus propias capacidades.
La salud es
pues, más que un estado, un proceso continuo de reestablecimiento del
equilibrio, proceso que cuando alguno de los factores implicados cambia y dicho
cambio se mantiene en el tiempo, el ser humano adopta una respuesta fija, que
en algún momento previo fue adecuada para restablecer el equilibrio; pero, al
tornarse, inflexible lleva a un estado catastrófico que puede ser incompatible
con la vida (Canguilheim 1982). Esta concepción implica que mantener ese
equilibrio requiere de una serie de factores socioeconómicos, ambientales,
biológicos, y asistenciales que se aúnen para sostener ese equilibrio, el cuál
se traduce en la capacidad de vivir como individuo, de producir, reproducir y
recrear la cultura, entendida como la suma de producciones e instituciones que
distancia la vida humana de la animal.
Otras
escuelas de pensamiento, consideran la salud como un estado que se tiene o se
pierde, y que su posesión implica el pleno uso de las capacidades físicas,
mentales sociales y espirituales, para autores como Barro (1996), la salud es
un bien de capital productivo y generador del crecimiento económico. Mushkin
(1962) y Grossman (1972), establecen que la salud y la educación son
determinantes del capital humano, estos autores expresan una doble connotación,
la de ser un bien de consumo y un bien de inversión.
Los
desarrollos teóricos sobre crecimiento económico endógeno, han introducido al
capital humano como una pieza clave, incluyendo a la salud como un insumo de
capital para la producción económica de un país, ya que las personas, como
agentes productivos, mejoran con la inversión en estos servicios y
proporcionarán un rendimiento continuo en el futuro. Por tal motivo consideran
que el consumo de productos intermedios en salud es una inversión en capital
humano, cuyo principal fin es el desarrollo económico de los individuos y del
conjunto social; esta óptica deja de lado respecto a la vida humana, la
capacidad de re-producción y re-creación de instituciones indispensables en el
mantenimiento de la cultura.
El individuo
recobra el equilibrio de su organismo biológico y de su cuerpo, demandando
servicios asistenciales, los cuales son bienes intermedios cuyo limite social
esta en relación con las acciones de los reguladores y administradores del
sector salud. En este proceso de prestación del servicio de salud, interviene
por una parte el personal, equipos y elementos directamente involucrados en el
acto médico y por otra, la infraestructura administrativa que crea y mantiene
las condiciones que hacen posible la realización del acto.
La adecuada
respuesta del sistema asistencial requiere de insumos humanos y tecnológicos
tanto para el tratamiento de enfermedades, como para llevar a cabo las
políticas de salubridad, lo que implica por supuesto una inversión alta en
capital. El presente estudio busca evaluar la eficiencia con que se manejan
dichos insumos con miras a prevenir y restablecer el equilibrio, considerando
los factores socioeconómicos de los municipios de referencia como factores que
condicionan la capacidad de inversión en dichos recursos.
Clásicamente
la salud se ha definido en contraposición a la enfermedad. Así, salud es “el
estado del ser orgánico que ejerce normalmente todas las funciones”, mientras
enfermedad se refiere a la “alteración más o menos grave de la salud”.
En la
antigüedad estar sano equivalía a poder desarrollar las actividades cotidianas.
Alguien con capacidad para el trabajo y las relaciones familiares y sociales
era considerada sana, aunque padeciese algunos de los procesos que hoy
consideramos enfermedades. Se trataba de una noción sumamente pragmática que
hacia compatible la definición de sano con el sufrimiento de algunas molestias,
siempre que éstas no afectaran decisivamente a la actividad ordinaria.
Con el
advenimiento de la medicina científica se generaliza la visión fisiologista,
dominada por criterios negativos al considerar que la salud es la ausencia de
enfermedad. Se buscaban lesiones subyacentes como causa de enfermedad. El
estado de salud se define negativamente como ausencia de una “entidad morbosa”,
es decir, de una lesión orgánica o un trastorno funcional objetivables.
En la
segunda mitad del pasado siglo comenzó a adoptarse una perspectiva de la salud
que trascendía este binomio. En 1956, René Dubos expresó una concepción
bidimensional de la salud, referida tanto al bienestar físico como mental:
"Salud es un estado físico y mental razonablemente libre de incomodidad y
dolor, que permite a la persona en cuestión funcionar efectivamente por el más
largo tiempo posible en el ambiente donde por elección está ubicado". También
en la década de 1950 Herbert Dunn aportó una descripción de la salud de la que
incluía tres grandes aspectos de la misma: orgánico o físico, psicológico y
social. Esta incorporación de la dimensión social fue adquiriendo un progresivo
énfasis en los años sucesivos.
El máximo
exponente de esta perspectiva amplia de la concepción de la salud es la
definición de la OMS recogida en su Carta Fundacional del 7 de abril de 1946 y
concebida originalmente por Stampar (1945): "La salud es un estado de
completo bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de afecciones
o enfermedades”.
Se trata de
una definición que resultó sumamente innovadora, ya que abría las puertas a una
concepción más subjetiva y menos “normativa” de entender la salud. Intenta
incluir todos los aspectos relevantes en la vida, al incorporar tres aspectos
básicos del desarrollo humano: físico, mental y social. Además, busca una
expresión en términos positivos, partiendo de un planteamiento optimista y
exigente.
Entre las
críticas que ha sufrido esta definición, no es la menor la que considera que
equipara la salud con alguna noción de felicidad, lo que la hace excesivamente
utópica y poco realista. Tampoco facilita la medición de la salud de acuerdo
con los parámetros que emplea. Su subjetividad hace que la definición de la OMS
no ofrezca criterios de medición para cuantificar la salud. Ciertamente, esta
definición tiene una reducida capacidad operativa, ya que, por ejemplo, todo
aquel afectado – incluso aunque no sea personalmente - por la tiranía, la
injusticia, la desigualdad, o la marginación social, no puede ser incluido en
la definición y debería ser etiquetado como insano.
Algunas
voces críticas, como Milton Terris, han cuestionado este sentido absoluto de
bienestar que incorpora la definición de la OMS y han propuesto la eliminación
de la palabra “completo” de la misma. En la salud, como en la enfermedad,
existen diversos grados de afectación y no debería ser tratada como una
variable dicotómica. Una propuesta alternativa, respetuosa con los logros de
esta definición, propugnaría un enunciado del tipo:
"La
salud es un estado de bienestar físico, mental y social, con capacidad de
funcionamiento, y no sólo la ausencia de afecciones o enfermedades”. Existen
otras relecturas de la definición de salud, como la que la define como “El
logro del más alto nivel de bienestar físico, mental, social, y de capacidad de
funcionamiento que permiten los factores sociales en los que viven inmersos el
individuo y la colectividad”.
Un examen de
las distintas concepciones prevalentes de la salud no debería dejar de lado la
definición propuesta en 1976 en el Xè Congrés de metges i biòlegs en llengua
catalana: “La salud es una manera de vivir cada vez más autónoma, solidaria y
gozosa”. Se puede entender “autónoma” como la capacidad de llevar adelante una
vida con el mínimo de dependencias, así como un aumento de la responsabilidad
de los individuos y la comunidad sobre su propia salud. La preocupación por los
otros y por el entorno vendría recogida en el término “solidaria”, mientras
“gozosa” recupera el ideal de una visión optimista de la vida, las relaciones
humanas y la capacidad para disfrutar de sus posibilidades.